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El dolor del reparto

A cuatro días del primer aniversario del Crimen de Luís Emilio Mitre.

Jorge Asis - 27 de diciembre 2006

Miniseries

El dolor del reparto

Los dos -acaso tres- asesinos que mataron, por encargo, a Luís Emilio Mitre, aún no fueron descubiertos. Tampoco, que se sepa, se avanza en la tesis que sugiere la existencia del entregador.
Aquel cretino que encargó el ritual, puede leer esta crónica con cierta sensación de alivio. Igual que aquellos mercenarios, los profesionales que lo ejecutaron. Como quien lo entregó.
Deben sentirse extrañamente beneficiados por las transitorias categorías de la impunidad. Las que emanan de la desidia. De la complicidad de la indolencia.
Conviene interpretar la historia, con el propósito de superarla, con la catalogación del crimen pasional. Un asunto violentamente interno, protagonizado por seres patológicos. Signados por orientaciones marginales, que legitiman los escenarios del horror.
Con Los Profesionales, editada el 23 de junio, el Portal dejó de ocuparse del enigmático Crimen de Mitre. Se dijo: «El periodismo nunca debe asumir el rol que debiera corresponderle a las instituciones del estado».
Estremecía la notable indiferencia de la justicia abúlica. Y de la Policía. Sobre todo después que Homicidios sacara, como correspondía, la causa, a los entusiastas de la seccional 17.
A pesar de las limitaciones prácticas, en la 17 solían caer en la transgresión, bastante molesta, de avanzar en la investigación. Un defecto desagradable que compartía, según nuestras fuentes, la doctora Martino. Trasladada, de inmediato, de la parsimoniosa fiscalía de la doctora Krasusky.

La investigación naufraga cautelosamente. Con el aliciente de suponer que se encuentran cerca de capturar a los criminales. Se basan en los fatigosos ADN. Manchitas de sangre. Gotas secas de semen diferenciado. Consolidan, bastante tardíamente, la teoría del Tercer Hombre, que fue descripta en el Portal diez meses atrás.
Sin embargo, parecen entusiasmarse, según nuestras fuentes, con la pista del Poeta Persa.
Como lo llamaba, en su originalidad, el muerto, a M. Del que sospechaba ya cierto subcomisario, en la primera quincena de enero. A dos semanas del homicidio.
Lo cierto es que, al tomar la causa el juez subrogante, el doctor Ricardo Pinto, parece haberse apostado por el camino de la racionalidad.
Es decir, después de haberle sacado, el juez Pinto, la causa, a la señora Fiscal, la doctora Krasusky.
Sigilosamente invadida por los estigmas quietos de la inoperancia, la dama parecía obnubilarse, en su quietud, por el miedo escénico que representaba el apellido de la víctima.
Por el momento, el cronista decide no difundir el tenor de las alusiones de ciertas comunicaciones anónimas. Denuncian contactos reprochables. Pero se ponen a disposición, siempre inútilmente, de la Justicia. Como tantas comunicaciones anteriores que resultaron sustanciales. Y que forman parte de la causa.

Los abogados solventes

Debe admitirse que los abogados civilistas resultaron infinitamente más eficaces.
En efecto, en seis meses, los abogados que se encargaron de tramitar la herencia, supieron  aprovechar, en secreto, la casi inexplicable carencia de la menor obturación judicial.
Beneficios redituables del silencio, altamente expresivo, del 99 por ciento de los medios de comunicación.
El doctor Martínez Seeber, en representación de los dos hermanos mayores. La señora María Elena, alias «Kinucha», y Bartolomé Mitre, alias Bartolo.
Y el doctor Adrián Hope, en representación de la señora María Elisa.
Ambos profesionales, Martínez Seeber y Hope, consagraron sus solvencias. A los efectos de conseguir, ante la magnitud del desconocimiento generalizado, el lícito objetivo del doloroso reparto.
De la gran parte de los «bienes patrimoniales del occiso».
Una distribución, de manera equiparable, entre los tres hermanos.
Objetivo que distaba ser, según nuestras fuentes, el deseo íntimo del muerto. Una voluntad confidencialmente explicitada. Sobre todo al anunciar la intención de preparar su testamento.
Como le dijo, en diciembre del 2005, a algunos amigos. Y sin ir más lejos, al propio doctor Hope. Con quien quedó en tramitar el Acta de Fe Pública, a la vuelta de sus vacaciones, pero no le dieron tiempo.

El asunto de la herencia se resolvió, al fin y al cabo, con la efectiva celeridad que se careció en el asunto, acaso menor, del esclarecimiento de la muerte.
Como si fueran, la herencia y la muerte, episodios independientemente desarticulados. Ramas de distinto árbol de la misma historia.
Al menos, pudo constatarse que, los que debían investigar la muerte, decidieron no entorpecer, con ningún obstáculo, el mecanismo aceitado que conducía, sin escalas, a las tristezas del cobro de la herencia.

Compasión por Norita

Para que su memoria contuviera menos salpicaduras, la pobre Norita no tendría que haberse apellidado Dalmaso.
Y menos aún, casarse, equivocadamente, con un Mascarrón. Para colmo traumatólogo.
Con la fragilidad cultural de sus atributos sociales, Norita logró ofrecer, por la ceremonia de su muerte, piedra libre.
Para que la mediocracia se entrometiera, con insigne morbosidad, en la deconstrucción de las peores fantasías, las que alimentan los ratones de la sociedad hipócrita.
El Crimen de Mitre resulta ideal para tratar los límites de la libertad de expresión.
La imposibilidad de informar sobre lo corporativamente inconveniente.
En la Argentina, la concentración monopólica de la información, suele convertirse en un atentado cotidiano contra la democracia.

Desgarramientos

Al carecer, Luís Emilio, de hijos, los «herederos forzosos». Y al no haber aparecido ningún testamento ológrafo, que indicara lo contrario, los tres hermanos Mitre debieron someterse a los ritos angustiantes del reparto.
En principio, se distribuyeron el cinco por ciento de las acciones de La Nación.
Cada hermano cuenta, en adelante, con el 1.63 por ciento más, en la propiedad del diario que fue de la Barton Corp. El valor del mercado es relativo.

Sin embargo, donde los deudos fraternales debieron contener las sensibilidades fue, según nuestras fuentes, con cierta cuenta. Desgarradora y millonaria, en dólares. La cuenta que Luís Emilio mantenía, en blanco, en Merril Lynch. «Una de las financieras más importantes de Wall Street, con oficina en todas las ciudades importantes del mundo».
Donde había, disponibles y en efectivo, al menos, 14 millones de dólares. Los que fueron emotivamente distribuidos entre los hermanos.
Según el arbitrio respectivo, también se habría repartido hacia abajo. Es decir, hacia los sobrinos. Sobre todo a aquel que se identificó, en el Portal, con las iniciales FL.
Se trata de Félix Larreta. Es el hijo de María Elisa y Juan Larreta. Es el sobrino al que Luís Emilio planificaba dejarle, según nuestras fuentes, bastante más que alguna propina. Aunque no necesitara el dinero, porque esta rama familiar dista de atravesar sofocaciones financieras.
De todos modos, cuentan que este sobrino supo manifestar sus desconfianzas, en ámbitos confidenciales. Sus sospechas relativas a la autoría intelectual del crimen del tío, al que adoraba. Adoración, según nuestras fuentes, recíproca.
Como también especialmente quería, Luís Emilio, a su sobrina Esmeralda, la hija de Bartolomé. Y de la distante Blanca Isabel.
Vaya a saberse si Esmeralda también recibió, como su primo Félix, alguna compensación moral.
Otro destinatario privilegiado del afecto era un amigo. Citado, oportunamente, en el Portal, como AM. Se trata de Alejandro Miralles.
Vaya a saberse si Miralles recibió, del doloroso reparto, algún óvolo espiritual.
Como su amigo Uki, quien sinceramente sintió un golpe con esa muerte. Uki Goñi es el intelectual especializado en las relaciones entre peronistas y nazis. De los allegados, es el más aventajado para investigar los entretelones del crimen. Y escribir él, y de ningún modo este cronista, «A Sangre fría».

Sin embargo, abunda mayor desgarramiento para repartir.
Alguna vez, en la barra del Bar Social Posadas, Luís Emilio supo recomendar, a otro potentado de perfil bajo, a ciertos brokers poderosamente confiables.
Capitales israelíes, con excelente cartera de clientes, sensiblemente invertidos, en Suiza.
Se trata de Gems. Como gema, en inglés, piedras preciosas.
En Gems, Luís Emilio mantenía valores que se aproximaban, según nuestras fuentes, a los tres millones de euros. Que también fueron democráticamente repartidos.
Había, en alguna otra cuenta, acaso caja de seguridad, algún dinerillo suelto más.
Y aún se mantienen, con reservas, clandestinas esperanzas de encontrar otro poco más de desgarramiento.
Cundió, para colmo, una incierta decepción. Cuando fueron a abrir una caja de seguridad. Ante la explicable ansiedad de los familiares nostálgicos, de abogados compungidos. Hay quienes indican que la caja es del Banco Río. Otros, del Lloyds Bank. Lo gravitante es que la Caja contenía, apenas, una pulsera. En realidad, era un collar, de inconmensurable valor afectivo. Habría pertenecido a la madre.
Queda pendiente para vender, según nuestras fuentes, el 12 por ciento de las acciones, en la empresa PM. Es una empresa familiar, de prosperidad relativa, destinada a la elaboración de papeles especiales, que se exportarían hacia el Brasil.
No registran valor nominal, aunque las acciones podrían ingresar, con similar solemnidad, al patrimonio de la fraternidad.

Departamento de la tragedia

Por último, para subastar, persiste el departamento de la tragedia. Posadas al 1400, aún inútilmente encintado.
Donde, vaya a saberse por orden de qué cretino, lo masacraron a Luís Emilio Mitre.
A pesar de la resistencia sorpresiva que les ofreció.
A los tres asesinos profesionales que fueron a producir, aquella noche del  30 de diciembre, la ceremonia altiva del suicidio.
Sin embargo el invento del suicidio programado les salió mal. Los asesinos profesionales tuvieron que golpearlo. Hasta matarlo. Porque Luís Emilio Mitre quería, a su manera, vivir.
Con los rodeos extravagantes de su sensibilidad. Con los riesgos presumibles de su orientación. Con la mirada perdida en una copa de champagne tibio, en la barra del bar.
Un inmobiliario de la zona confirma que, en el célebre edificio con vecinos notables, el departamento de la tragedia no puede valer más de 320 mil dólares.
Aparte, quedan dos o tres cuadros, de incierto valor. Y algunos muebles con alta significación afectiva. Sobre todo en esta historia, donde tanto movilizan los afectos.
También quedan, aprisionados entre las paredes, según nuestras fuentes, los vestigios indemnes de su energía.
Del muerto que ofrece, desde el Purgatorio, un digno material de efervescencia olvidable. Ideal para una memoria prescindible, aunque en condiciones de irritar hasta la eternidad.

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