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Los profesionales

Los asesinos de Mitre habrían estado ocultos en un departamento del edificio de Posadas.

Jorge Asis - 23 de junio 2006

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Los profesionales

Despreocupados, los asesinos siguen, por el Portal, las novedades del crimen impune.
Con la tranquilidad de los que se encuentran seguros que nadie podrá descubrirlos.
De tan confiados, suponen que no deben esforzarse por construir una coartada.
Sin embargo el nexo principal, por identificado, debería comenzar a preocuparse.
Y una advertencia: no se trata, necesariamente, del familiar, merecedor, con injusta morbosidad, de las sospechas unánimes, hasta de sus allegados.
Los rumores morbosos, la generalizada desconfianza, deberían computarse como una venganza involuntaria del muerto.El periodismo nunca debe asumir el rol que debiera corresponderle a las instituciones del estado.
Pero crece, en consistencia, una teoría inquietante que debiera producir un giro intensivo en la investigación.
La policía, al menos, se encuentra al tanto.
Indica, la teoría, que a Luís Emilio Mitre no lo asesinaron, como se asegura hasta hoy, en varios cuerpos de la causa, durante la noche del viernes 30 de diciembre. En su departamento del octavo piso, «b», de Posadas 1454. Después que volviera de comer, solo, en «Pannini». Ravioles de calabaza, con champagne tibio.
Los horarios conocidos no cierran. Impiden entender algunas claves.
Según el testimonio de S, el vigilador, podía percibirse que Luís Emilio, en la noche del 30, a eso de las 21,  esperaba a alguien, entre la puerta y el hall.
Alguien que sin embargo no llegó.
Entonces Mitre se fue a comer. Y según S, Mitre volvió, solo, alrededor de las 23.
Se metió en el ascensor y fue a su departamento, por última vez.
En cambio los asesinos cuentan, al Suscripto, que llegaron a las 20.45, y se retiraron a las 0.25. Fue en un correo informático remitido el 13 de enero, por Jano Kinder, con específicos detalles que después serían, en gran parte, constatados.
Cuenta Jano Kinder que los aguardaba un taxi. Que tenían «zona liberada» hasta la puerta de calle. Aquí Jano Kinder miente.

El enigma Mitre encierra cantidades de medias verdades, que distorsionan el desafío de la verdad total. Mentiras relativas que mantienen el objetivo inteligente de desviar.
Cuenta también Jano Kinder que la ceremonia, por poco, debió cancelarse.
Porque un vecino se les metió con ellos en el ascensor.

En su testimonio del 25 de enero, aquel vecino, AG, confirma la coincidencia.
Aunque extrañamente afirma no recordar si la sustancial coincidencia ocurrió el jueves 29, o el viernes 30. Dice exactamente:
«…observo que a la altura del portero eléctrico se hallaban dos jóvenes, los que ya habían tocado algún timbre, y al acercarse el deponente escucho que la respuesta obtenida por estos sonaba como un rugido de león… Que el exponente se apuró e ingresó junto a estos dos jóvenes, los que marcaron el piso 8, donde descendieron…»

Curiosamente, AG es el vecino que facilita, cuatro meses después, la liberación del Ener.
Al no identificarlo, en la rueda de presos, como compañero del viaje fugaz.

Consta entonces, en la causa, que la Fiscal Krasucki sabe utilizar, a pesar de todo, la información que se le proporciona.

La pasión de la herencia

A Luís Emilio Mitre lo mataron, según la nueva vertiente que emana del Portal, durante la madrugada del sábado 31. Y fue, como se sostuvo desde el comienzo, un crimen por encargo. Dista de asistirse a un caso pasional.
La única pasión consistió en el móvil pragmático de la herencia.

Sin sentirse aún morir, por una cuestión de responsabilidad decisoria, a los 58 años Luís Emilio preparaba su testamento. O decía que lo preparaba. Como si enviara un mensaje a los destinatarios afectados.
Había hablado del testamento con su amigo, el doctor Adrián Hope, alias El Inglés. Quedaron en concretar, el Acta de Fe Pública, para después de las fiestas.
Anunciaba Luís Emilio que su fortuna, de alrededor de 40 millones de dólares, desembocaría principalmente en las alforjas del sobrino preferido, F. L. Con quien más se identificaba.
Y también testaba, otro segmento importante, a favor de un gran amigo, AM, acaso un primo segundo, indirecto. Distribuía además algunas uvas entre los otros sobrinos mientras dejaba, un pedacito, para la UNICEF.
Sugería, en sus confidencias, la existencia del testamento ológrafo. Donde iba a constar, a mano, que para los tres hermanos no iba a dejar ni una moneda.
La cuestión que Luís Emilio -diría Borges- cesó. Pero cesó sin dejar los llamados «herederos forzosos».
Y como no existe ningún testamento, porque no apareció, o porque sencillamente desapareció, los tres hermanos no tienen otra alternativa que heredarlo.
A través de la eficiencia profesional del doctor Martínez Seever, que representa a María Elena (La Kinucha) y a Bartolo. Y del doctor Hope, que patrocina a María Elisa.
Pero es recomendable no adoptar fáciles conclusiones apresuradas. «Blanco y jarra leche», diría cierto filósofo positivista. Pero no necesariamente. Debe desconfiarse cuando, con tanta trasparencia, se apunta a un sector. Sobre todo porque aquí actuaron profesionales.

Los profesionales leen, con seguridad, esta crónica. Dos de ellos, desde el exterior.
Hasta hoy es para felicitarlos, porque el crimen les resultó (casi) perfecto.
Conste que Luís Emilio fue entregado, servido en bandeja, a los dos asesinos.
Aunque a esta altura, puede afirmarse que los asesinos fueron tres.

Algún traidor, con seguridad contratado por los responsables intelectuales sin rostro, le habría prometido, a Luís Emilio, terminar el año como correspondía.
Con dos mocosos ideales para compartir. Dos seguidores de Epicuro, apolíneos profesionalmente inescrupulosos. Y no precisamente baratos.
Falta aún descubrir si, quienes mataron a Luís Emilio, fueron aquellos dos jóvenes que nadie, aparte del vecino, acepta que vio. Y que se habrían dedicado a la faena de penetrarlo.
Falta averiguar si participó de la matanza el otro entregador.
De todos modos, a esta altura es inútil indagar al personal de vigilancia, acerca de entradas y salidas. Porque los asesinos se encontraban, bien resguardados, adentro. En cierto departamento del edificio de Posadas, donde se asiste a reuniones tensionantes de consorcio. Se descuenta que la próxima asamblea será para filmarla.

Cancha embarrada

Resulta innecesario embarrar la cancha. Porque la cancha ya está embarrada. Para investigar entonces hay que embarrarse.
Marcelo Gaspar Chiappeta, alias El Ener, con sus múltiples facetas se encargó, acaso sin proponérselo, de confeccionar el puré de barro.
Barro que producía, naturalmente, una confabulación de enigmas.
Por falta de respuestas. Incentivadas por la incapacidad institucional para formular las preguntas. Y por el imperio cómplice del silencio.
Por consiguiente no hay que buscar, a los asesinos, entre la jerigonza de los moradores que entraron y salieron en horas de la noche. Ellos estaban adentro, al acecho, con la totalidad del tiempo para buscar papeles y dibujar el escenario.

Algún morador podía encontrarse habilitado, por ejemplo, después de las 23 de aquel viernes 30, para deslizarse por la escalera interna y tocar el timbre del octavo b.
Por lo tanto los asesinos pudieron ingresar sin violentar ninguna puerta.
Para sorprender, a Luís Emilio, con el regalo prometido por el traidor que justamente se había demorado.
El regalo eran los apolíneos. Los que habían sido convocados para el festejo final. Contaron con demasiadas horas disponibles para completar su tétrica labor.
Para revisar hasta detrás, incluso, del valioso cuadro de Xul Solar, por si estaba aquel bendito documento oculto. Para escuchar hasta los mensajes telefónicos. Hurgar en la computadora, copiar algún archivo o borrarlo. Indagar en el armario situado frente al baño de las visitas. Y no dejar, siquiera, ningún rastro.

Téngase en cuenta que se trataba del sábado 31 de diciembre.
Persistía, en el edificio semivacío, una atmósfera morosa de acercamiento, de densa relajación.
Los asesinos salieron, según nuestra fuente, por el estacionamiento. Durante la mañana soleada del sábado. Como excelentes profesionales, dejaron el aire encendido, en su nivel más alto. El frío acondicionado atenuaba el proceso de descomposición del cadáver. Que se descubriría, recién, el lunes 2, después de mediodía.
Aparte, tampoco quedaron rastros de la bolsa que contenía, por ejemplo, «un pantalón ensangrentado, pañuelos, distintos elementos utilizados» para la ceremonia más cruel..
La bolsa fue guardada, por el entregador, que mantiene suficiente legitimidad como para estar inadvertido adentro del edificio.

Palabras de Jano

Cuando uno de los asesinos escribe, como Jano Kinder, al Portal, lo hace porque necesitaba contar algunos trozos de la verdad. Y con otro objetivo que, por ahora, se mantiene en reserva.
Porque fueron a suicidar a Luís Emilio Mitre y terminaron, por su resistencia, matándolo. Porque el crimen no salió como lo habían encargado los mandantes sin rostro. Por lo tanto, temían que quisieran después deshacerse de ellos. Porque, por tanta violencia, la ejecución no podía presentarse como un honorable suicidio. Cualquier distraído podía darse cuenta que se trataba, por la posición social del muerto, de un homicidio de relevante magnitud. Que los medios, por convincente solidaridad corporativa, no podían tratar.
Entonces los asesinos escribieron, a JorgeAsísDigital, en defensa propia.
Si se recurre a los archivos, podrá comprobarse que solo el Portal editó un texto, «Rescate de Mitre», que se encontraba, al menos, a la altura de la real personalidad del muerto.

Por lo tanto los profesionales supieron utilizar, como táctica, el Portal. Para que trascendiera, para extorsionar de manera directa y pudieran cobrar el resto del porcentaje convenido.
Conjuntamente con los pasaportes, y la garantía de salida al exterior. Tema, en realidad, del segundo correo. Cuando anticipan que lo peor «de la pesadilla» ya pasó. Y anuncian que parten, de viaje.

Un viaje que tiene formidables similitudes con otro viaje que no viene, por ahora, al caso.

Con seguridad, en esta versión innovadora de la historia, los miles de visitantes querrán saber cuál fue la participación del Ener.
El otro Jano que acaso lee, esta crónica, también oculto, pero aún en Argentina, perseguido y amenazado por diversos fantasmas de otros Eners.

Aunque el Ener no podrá aguantarse y volverá, con todo su derecho, a escribir.
A amenazar con juicios. A enojarse si le preguntan quién pagó sus abogados. O a especular, con fundamentos sólidos, con la posibilidad de ser otro más, entre los herederos. Si era mentira que Luís Emilio quería deshacerse de él, si tenía sus fotografías en exhibición. Si…
Es inútil, aparte, embarrar más la cancha.
Entonces, tanto el Ener como los miles de visitantes, tendrán que esperar el próximo despacho.
La resolución de un crimen de semejante magnitud tampoco es asunto para ansiosos.
Es para perversos informados, a pesar, claro, de tanto barro. (*)
*Aunque sea irrelevante, los elementos informativos que sostienen esta crónica, se ponen a disposición de la justicia.

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