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Garciabelsuncitis aguda

Los asesinos, a salvo, aguardan la captura del Perejil y escriben un segundo correo.

Jorge Asis - 1 de febrero 2006

Miniseries

Garciabelsuncitis aguda

Al Ener, alias el Perejil, aún no lo capturaron.Cuentan, los confesos asesinos de Mitre, que desean, «con toda el alma», en el caso de tenerla, que la policía atrape, de una vez por todas, al Perejil.
Para que le atribuyan, al Perejil, el crimen. Para que nunca más puedan llegar a ellos.
Aunque suponen que, al «pobre estúpido», al Ener, en la primera de cambio, lo van a matar.
Así se acaba la investigación para imponerse, por fin, la construcción sistemáticamente elaborada del silencio.
Conste que el silencio, aparte de un objetivo, es uno de los protagonistas principales de esta historia.
Trátase de un silencio corporativamente cómplice. Socialmente abominable.
Un silencio transitoriamente útil para taponar la abyección de un crimen que contiene vertientes de cierta culposa hipocresía, que prefiere presentarse con la distinguida discreción del recato.
Aunque se encuentre servido el juego de una herencia de, por lo bajo, cuarenta y cinco millones de dólares.
Se asiste entonces a un escenario de muerte, con orientaciones fantasiosas sobre sexo. Y aderezado, para colmo, con las pasiones unánimes que produce el dinero.
De todos modos, el poder del silencio emerge como el valor ampliamente superador que cubre, con la prepotencia del telón negro, la congénita debilidad de los protagonistas que naufragan en el escenario.

Cuentan, los asesinos de Luis Emilio Mitre, que pasaron un último fin de semana de terror.
Con angustiosa sensación de incertidumbre. Separados y ocultos.
Por explicable temor a que los mataran aquellos supuestos desconocidos que implícitamente los contrataron como sicarios.
Una ceremonia criminal que debía presentarse con la escenografía altiva de un suicidio.
Sin embargo es probable que los asesinos lean esta crónica, acaso invariablemente juntos, desde una computadora anónima.
De un local situado en el amplio, casi inabarcable, exterior del país.

Téngase en cuenta que decide dejarse de utilizar, en adelante, para componer esta crónica, la apaciguadora conjugación condicional.
Por ejemplo el «habría sido». Que atenúa el valor judicial del «fue».
Lo cual de ningún modo significa que el cronista suscriba totalmente la veracidad que emana del texto.

Ocurre que uno de los que se asume como asesino volvió a comunicarse por el correo electrónico. Con un remitente levemente modificado del anterior. Un yahoo, punto com.
La primera vez se dirigió a la dirección del Portal. Se le respondió, con algunas preguntas.
Reaparece ahora con un mensaje en la dirección de correo privado, un fibertel, que oportunamente se le proporcionó.
«Habrás corroborado que lo que te dijimos es cierto», se ufana.

Recordatorio

La cronología sirve para orientarnos entre la selva del silencio.
A Luis Emilio Mitre lo asesinaron la noche del 30 de diciembre. Pasó más de un mes, y, que se sepa, no se le ofreció ninguna misa. Ni siquiera hubo un recordatorio públicamente cordial.
Sólo es atribuible, semejante indiferencia, a la sobreactuación del pudor.

Hubo algún reportaje a su hermana preferida, María Elisa.
Por ejemplo en Noticias, del 21 de enero. Ella alude a la posibilidad de un crimen mafioso.

A propósito, en su segundo correo, justamente fechado el 30 de enero, el confeso asesino indica, «anonadado», que «la hermana sabe prácticamente más que nosotros».
Agrega que, lo que María Elisa cuenta, «es cierto en un cien por cien».
Al releer el excelente artículo, firmado por Alejandro Bellotti, puede encontrarse, por ejemplo, la siguiente afirmación:
«El asesino de mi hermano podrá ser una persona que quiso dar una señal que involucre al Gobierno».
Como enuncia el bolero, «el silencio acongoja».

El «Rescate de Mitre, parte dos», nuestro anterior artículo de referencia, apareció el lunes 23, con el título Crimen imperfecto». Con la utilización de los datos aportados por los asesinos en el primer correo.
Fue justo cuando estaban por apresar al Perejil. Al tal Ener.
Curiosamente, María Elisa coincide con los asesinos en que el Ener es un Perejil.
Aunque su educación le impide utilizar un vocablo semejante. Prefiere denominarlo, al Ener, «pobre tipo».

Casa entregada

El martes 24, por la mañana, desde la fiscalía, a cargo de Felisa Krasousky, se abría el departamento de Posadas, a los efectos de entregarlo a la familia.
Ceremonia íntima, en presencia de los tres hermanos Mitre. De alguna sobrina alta y bella. Y de cierto simpático escribano, Felipe Yofre, de firme adicción al tango. Por supuesto, ocurrió sin la cobertura de ningún medio de prensa.
Sólo se encontraba el cronista, en la esquina, en el bar (social) Posadas. El de Jesús.
Dicen que se vivieron momentos de expreso recogimiento al revisar minuciosamente ciertas pertenencias del muerto.
Un trámite emotivamente administrativo, de insigne tensión notarial.

Sin embargo, según nuestras fuentes, cuatro horas antes de la entrega, capacitado personal policial, con respectivos personeros del ámbito de la justicia, se dedicó a constatar, puntillosamente, la sumatoria de datos consignados en nuestra crónica del lunes.
«Habrás corroborado que es todo cierto», parece repetir, ahora, el asesino confidencial.
Agregan, más adelante, en el correo, de manera burlona hacia el personal policial.
«Negligentes, pensaban que íbamos a dejar huellas».

La cuestión que los socios para el crimen, cuentan, volvieron a encontrarse.
Y que ayer, martes 31, salían del país.

Paréntesis. El fiscal Quantín

Resulta explicable que prefieran que este despacho, igual que el anterior, sea «un ejercicio de ficción», como indican, con cierta tendencia al menoscabo, en el semanario Perfil.
Trátase de los riesgos asumidos. El condicionamiento que brinda la  identidad de novelista.
Por supuesto, el material de base para la presente crónica se pone, como el anterior, a disposición de los investigadores.
De la doctora Felisa Krasousky, si es que logra retener, hoy, a su regreso, el dominio de la causa.
Ocurre que, repentinamente, se mostró interesado, en el crimen de Mitre, su superior, el Fiscal de Cámara Norberto Quantín.
Conste que de ningún modo se adhiere, aquí, a la tesis conspirativa. A las que suele ser tan afecto, por ejemplo, el Fiscal Quantín.
La tesis que atribuye, la lícita ingerencia de Quantín, a un pedido especial de La Nación. O de su sinónimo, los Mitre. A pesar, claro, del dolor semántico de los Saguier.
Se menciona, incluso, el nombre de una respetable periodista, que habría sido asesora del Fiscal.
Lo que existe, y dista de invalidarlo, es, según nuestras fuentes, una sensación pública de agradecimiento, del Fiscal Quantín, hacia La Nación.
Y todo por haberlo tratado, con inusual excelencia, durante el infortunado epílogo de su catastrófico paréntesis, como funcionario de Kirchner.
Demasiadas lecturas de Maurras mantiene Quantín, para tener que irse humillado del gobierno, empujado por el ímpetu ocupacional de los piqueteros.
O por los instintos violentos de determinados gays que supieron desaforarse frente a la Legislatura. Y con un jury de enjuiciamiento.

Por lo tanto, debe descalificarse, de raíz, la latente sospecha que indica, para descalificarlo, que Quantín irrumpió, en el crimen de Mitre, para pisar la causa.
O para asegurar la cobertura del silencio, que escandalosamente se logra extender, como un manto gigante de complicidad.
Un silencio que insta a imponer que es aceptable que persistan familias que merezcan más discreción que otras.
Porque, en la Argentina, persiste la sensibilidad unánimemente selectiva. Hasta para el crimen.

Las familias de marca, las que portan el imán de la fosforescencia, deben entonces extremar los recaudos para explicablemente prevenirse, ante todo, contra el riesgo del virus mediático.
El de la «garciabelsuncitis aguda».
Es decir, al manoseo inagotable de un apellido honorable hasta convertirlo, ante todo, en un neologismo.
Pero que quede claro que jamás podrá ser manipulable un profesional cruzado como el Fiscal Quantín.
Menos aún cuando, que se sepa, aquí no hay nadie que intente manipular.
En realidad, hasta parece que nadie, en el fondo, tiene el menor interés en aclarar nada.
Con la excepción de las dos publicaciones de la Editorial Perfil. Del Portal Urgente 24. Del Suscripto.

Socios para el crimen

El asesino confeso, acaso a salvo, que nos escribe, cuenta que ya no quiere cobrar más la mitad que le deben quienes lo contrataron para asesinar a Luis Emilio Mitre.
Dice que prefiere cuidar la vida. Y la de su socio.

Tanta solidaridad, casi conmovedora, con el socio, anima a estimular, incluso, la sospecha más erótica. Tratada, con amplitud, en un film de vaqueros que va a estrenarse mañana.

Aparte, ciertas contradicciones, que presentan los dos mensajes comparados, sirven para analizarlos en otro despacho.
Ideas que se ponen a disposición, en todo caso, para un gabinete de inteligencia criminal.
Por último, con incierta complicidad, los asesinos confesos también se burlan del Suscripto.

«Te contamos mucho», dicen, «deberíamos cobrarte».
«Escribí un libro con esto, eh, pero vamos a medias».
Se le respondió ayer, con algunas preguntas precisas. Y una provocación que invita a facilitar la respuesta.

«Estarán leyendo esta respuesta en short. En un cyber. Probablemente en hojotas. Y en Brasil.
Habrán corroborado que utilicé la información del mensaje anterior. Que entregué, por supuesto, a la justicia. Como me pedían. Ahora que están a salvo, me gustaría que me contaran mejor la historia.
¿Quién encargó la ceremonia de la muerte de Mitre?

¿Por qué soportaron un fin de semana de terror? ¿Quién los perseguía?

Aparte, quisiera saber cómo es la relación de ustedes, entre los dos.

Para ser concreto, quisiera saber si se aman…».

Y se les proporcionó, aparte, otra dirección de correo. Secreta, impenetrable.

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