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Rescate de Mitre

En el Bar de Posadas, de Jesús, sus habitués se encuentran consternados por el crimen previsible.

Jorge Asis - 4 de enero 2006

Miniseries

Rescate de Mitre

Sólo por simplificadora comodidad, puede aceptarse que, al previsiblemente asesinado Luis Emilio Mitre, se lo identifique por su condición de hermano de Bartolomé, el director formal de La Nación.
En todo caso, Luis Emilio, acaso el infortunado más psicológicamente interesante de la saga de los Mitre, podía, con todo su derecho, haber sido recordado por ser el hermano preferido de Elisa.
Sobre todo porque ella, Elisa, la psicóloga, se atrevía a encarar la faena de entenderlo. Ella solía  protegerlo de las consecuencias perfectamente reprochables del estilo de vida.
El que supo dibujar, en su conciente descenso, la trágica ceremonia de su muerte.
Al fin y al cabo, la manera de vivir suele construir su propia manera de morir.
Aunque se convierta en una mancha indeleble para las adiposidades sociales del prestigio familiar. Situaciones de beligerancia que permiten valorar, en un nivel más elevado, trayectorias como la de Oscar Wilde. O mejor, Oscar Hermes Villordo, Manuel Puig, acaso el invalorable Manuel Mujica Laínez.Cualquier habitué de la calidez ambiental del Bar Posadas, o del acogedor Bar de Jesús, de Posadas y Rodríguez Peña, podía toparse, a menudo, con la presencia sigilosamente impertinente de un Flaco que no podía pasar nunca inadverdido. Luis Emilio Mitre.
En general, en la barra. Ataviado del modo más esmeradamente informal que directamente estrafalario. Podía calzarse, por ejemplo, un traje oscuro de marca, acaso con botas, y con una gorra del tipo casquette, o de capitán de barco.
Padecía una cierta palidez crónica. Mantenía un desgarbamiento natural que admitía la reventada evocación del cuerpo flaquísimo de Charly García.Aquel marginal de los Mitre bebía, en dilatado silencio y bastante sólo, siempre champagne. A cualquier hora.
Casi sin comentarios pero siempre amablemente. Inofensivo, a pesar de la insolencia de su estampa. Podía percibirse que Luis Emilio Mitre había optado por la placidez del abandono espiritual.
Más que dejarse estar, parecía haber entregado su suerte al rigor de la indolencia. Y posiblemente, en determinado momento, a la tensión de la búsqueda. Con la frustración del desperdiciado que pudo haber sido un intelectual tal vez notable. De haber asumido, y expresado en palabras o en trazos, la estética de la identidad que desesperadamente disfrutaba. Aunque la soportaba, como si fuera una carga.

La muerte, después de todo, nunca debería atenuar el rigor de una crónica que aspire a situarse, al menos, a la altura de su desmoronamiento.
Porque había que aceptar que su cercanía, al fin y al cabo, producía una extraña combinación de desagrado y tristeza.
De manera que, pese a los brotes de su humor, Luis Emilio Mitre se había convertido en el personaje ideal para evitarlo.
Para saludar, acaso, al voleo.
Aunque cualquiera pudiera conocer que aquel Flaco, con tendencia gráfica a la cirrosis, de aspecto insolentemente trasgresor pero que no molestaba a nadie, aparte de una aceptable cultura general, y de su fachada casi grotesca, disponía de casi cincuenta millones de dólares.
Habrá que atenerse, en principio, a la crueldad de la información básica que se trata de evitar.
O que se da, por una cuestión de deplorable buen gusto, por sobreentendida.
Trátase del dato básico, del que se prescinde en la higiénica sumatoria de artículos publicados, por una razón de respeto misericordiosamente erróneo.
Para ser explícitos, debe destacarse el atributo de su homosexualidad.
Una orientación sexual que Luis Emilio Mitre vivía de manera ostensiblemente culposa.
Por socialmente persecutoria, más que discriminatoria.

Por lo tanto, el tratamiento del caso Mitre puede exceder el marco desodorizado de un artículo circunstancial. Y tienta a interpretar la descarada hipocresía que impregna a la problemática del homosexualismo en la Argentina.
Para colmo, entre el desvarío de una anquilosada clase alta que, en algún recodo ilusorio de la historia, se supuso aristocrática.
Y justamente en una sociedad como la de Buenos Aires, que suele coronarse como la capital convertida en una atractiva meca del redituable turismo gay.
Con pintorescas marchas del clásico orgullo, con indemnes zonas rosas abiertas que poco tienen, en realidad, que envidiar a San Francisco.
Ciudad que al asesinado Mitre, por otra parte, le fascinaba. Y donde suelen invertirse los términos, porque aquí son claramente discriminados los heterosexuales.
El exceso de mariconería suavemente colectiva hace que cualquier hombre, en San Francisco, si se siente atraído por una mujer, se arriesgue a ser señalado como un marginal.

Sin embargo, silenciar la homosexualidad de Luis Emilio Mitre se convierte en una manera de tergiversar las claves del horror de un crimen, en cierto modo, calculado por la inteligencia de la víctima, como irremediablemente previsible.
Porque Mitre registraba, en los últimos años, una patética tendencia hacia la promiscuidad.
Aunque pueda pesarle a la familia explicablemente prejuiciosa, que invita al consuelo reparador de oraciones póstumas, la víctima, pobre, podía haberse convertido en un veterano conciliador de amores alquilados.
De todos modos, el caso Mitre presenta ciertas aristas de misterio literario.
Se informa, acaso equivocadamente, que a Mitre lo habrían asesinado el viernes 30.
Con la técnica franco-argelina del submarino seco. Es decir, por asfixia, aquí con la cabeza en un bolso emblemático, ideal para residuos. Atado, inconcebiblemente, con cordones de zapatos. Con desorden lógico en el departamento del octavo piso, y con la llamativa desaparición de las medallas.
En apariencias, se trataba de medallas de sucesivas condecoraciones. Representaba el testimonio de la fantasía, que el  sensible diferente de los Mitre, valoraba más, entre los objetos heredados por su padre.
Surgen también otras evidencias pedestres que hubieran escandalizado, por lo frágiles, a Agatha Christie. Por ejemplo, que la acumulación de diarios en su puerta representó el motivo del descubrimiento del crimen, durante la mañana del lunes 2.
Sin embargo, cierto testigo anónimamente irreprochable, afirma haberlo visto, a Mitre, durante la tarde del domingo 1, en el único bar que persistió abierto en la zona.
El «Ché Buenos Aires», de Libertador y Montevideo. Y que estaba acompañado.
A doscientos cincuenta metros del edificio rigurosamente vigilado, de Posadas entre Rodríguez Peña y Callao. Vigilado por los riesgos que pudieran provenir del exterior. Pero vigilado, además, por la jerarquía discutible de ciertos pesos que fueron, en algún momento, pesados, y que ocupan las unidades.
Desde un ex presidente de la Suprema Corte, hasta una ex diputada del Tucumán, derrotada candidata a la gobernación.
Un físicamente prominente ex director del Banco Nación, que fuma habanos y supo padecer su deplorable cuarto de hora.
Un afectuoso dirigente peronista de Buenos Aires de voz aguardentosa. Alguien que ya ni suele enojarse cuando lo llama, por ejemplo el Suscripto, El Padrino.
A todos ellos se los podía ver, en algún momento, en el Bar Posadas. Como a Mitre.
El edificio cuenta, por último, con cámaras del primer mundo que permiten que cualquier copropietario pueda mirar inútilmente hacia la entrada.
Sin embargo también es notable la falsedad del subdesarrollo. La vigencia de la improvisación, que induce a aceptar honrosamente que aquellas cámaras no contengan siquiera un registro de filmaciones. Acaso para no acrecentar, claro, la cuenta mensual del consorcio.

Del edificio de Posadas, Luis Emilio Mitre entraba y salía no menos de doce veces diarias.
Solía entrar, a veces, con jóvenes. Sería entonces una desmesura afirmar que aquellos jóvenes fueran exclusivamente «chongos». Profesionales contactados telefónicamente, de inquietante euforia mercenaria.

Sin embargo, según nuestras fuentes, y sin aclararse aún el misterio de la supuesta presencia, el domingo, en el Ché, nadie, de vigilancia, lo vio a Mitre, desde el viernes, entrar ni salir.
Cabe entonces consignar entonces la sobria posibilidad de que Mitre hubiera sido visitado por algún otro copropietario del edificio de Posadas 1454.
O por algún adscripto a las cuestiones de vigilancia y seguridad. Alguien que también podría participar de los atributos del refinamiento que caracterizaba a Oscar Wilde, de orientación similar.

Ciertos ocasionales conocidos del barrio, vocacionales observadores que suelen juntarse, con asiduidad o no, en el Bar social Posadas, pueden disponer, acaso, de mayor calidad de información que en la Comisaría 17. O que en la Fiscalía respectiva.
Sobre todo porque las instituciones pueden encontrarse aceptablemente condicionadas por los rigores sutiles de la prudencia mal interpretada.
Por la dimensión prejuiciosa que obstaculiza el descubrimiento de la verdad. Que puede resultar candorosamente lesiva para la honorabilidad, casi marmórea, de una poderosa familia centenaria. Aderezada por exponentes que prefieren resistirse a abandonar la situación decorosa de estatua.
Por lo tanto no atreven a la aventura de rescatar, con trasparencia, las opciones de vida de uno de sus hijos que persistía en la atracción franca del descenso. Movilizado, casi empecinado, y pese a los riesgos, por -como diría Bernard Henry-Levy- la aventura de su libertad.

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